Mil años de historia forestal: qué nos enseña la muerte del árbol más famoso del mundo

Después de más de un milenio de existencia, el Major Oak de Sherwood Forest, en Nottinghamshire, Inglaterra, ha muerto. El roble —uno de los árboles más antiguos, grandes y celebrados de Europa— no produjo hojas este año, tras años de estrés acumulado por veranos cada vez más calurosos y secos. Su desaparición no es solo un evento ecológico: es una señal de alerta sobre los límites de la intervención humana y los efectos tangibles del cambio climático sobre el patrimonio natural.
Con una circunferencia de 11 metros y un dosel de 28 metros, el árbol atraía a 350,000 visitantes al año y era parte del imaginario colectivo en torno a la leyenda de Robin Hood. Sin embargo, su longevidad fue paradójicamente comprometida por quienes intentaron preservarlo. Desde 1904, el árbol fue intervenido con soportes metálicos, concreto, plomo, fibra de vidrio y hasta pintura ignífuga. Estudios realizados por la RSPB —organización que gestiona el sitio desde 2018— revelaron que los soportes artificiales impedían al árbol su proceso natural de "crecer hacia adentro", mecanismo mediante el cual los robles ancianos reducen su demanda de agua y nutrientes al desprenderse de sus ramas. El sistema radicular, además, presentaba desconexión total con su entorno, en un suelo empobrecido y sin vida microbiana.
Más allá del simbolismo cultural, la muerte del Major Oak expone una problemática sistémica que afecta al patrimonio arbóreo europeo. Inglaterra alberga 114 robles vivos con una circunferencia superior a nueve metros —descritos por conservacionistas como "los rinocerontes blancos del Reino Unido"— frente a apenas 98 en el resto de Europa. Pese a su valor ecológico e histórico, estos árboles carecen de protección legal específica. Ed Pyne, asesor senior de conservación en el Woodland Trust, advirtió que se pierde un árbol de esta categoría cada año sin que nadie lo registre. El árbol permanecerá en pie: su madera muerta sostiene ecosistemas enteros, pues una cuarta parte de todas las especies forestales dependen del deadwood en algún punto de su ciclo de vida. La pregunta que queda abierta para gestores de patrimonio natural, legisladores y empresas con compromisos de sostenibilidad es si los marcos de protección actuales están a la altura de lo que se está perdiendo.


