Dos de cada tres consumidores mexicanos priorizan los alimentos locales o de proximidad, según revelan datos recientes de análisis de comportamiento de compra. Esta preferencia refleja una transformación en los criterios de decisión del consumidor, que ya no se limita al precio o la conveniencia, sino que incorpora consideraciones sobre frescura, impacto ambiental y apoyo a la economía regional.
El 63% de los encuestados reporta que productos locales aparecen "a menudo o muy a menudo" en su cesta de compra. Sin embargo, esta cifra no se traduce en una adopción más acelerada. Un obstáculo crítico es la falta de información clara sobre el origen en las etiquetas: entre el 70% y el 95% de la carne, pescado y huevos a granel en supermercados carecen de datos de procedencia verificables. Actualmente, la normativa mexicana solo exige que aparezca el nombre, razón social y dirección del fabricante, información que frecuentemente no coincide con el productor real del alimento. Esta brecha regulatoria genera desconfianza y limita la capacidad del consumidor para tomar decisiones informadas.
A pesar de estas barreras, uno de cada dos consumidores está dispuesto a pagar más por productos locales, señal de un compromiso genuino con la producción nacional. Paradójicamente, muchos alimentos locales no tienen precios más altos que sus equivalentes importados: la carne nacional típicamente cuesta menos que la importada, y productos como garbanzos y legumbres presentan diferencias de precio mínimas. Esta percepción de sobrecosto, desvinculada de la realidad de precios en muchos casos, sugiere un déficit de comunicación sobre el valor real de estos productos.
La escasez de oferta constituye otro factor limitante. Ampliar la disponibilidad de alimentos locales en instituciones públicas como hospitales y residencias podría actuar como catalizador tanto para normalizar el consumo como para crear economías de escala que beneficien a productores regionales. Desde una perspectiva de política pública y estrategia empresarial, la transparencia en etiquetado y la expansión de canales de distribución representan oportunidades para alinear la intención de compra con el comportamiento real, transformando una preferencia expresada en un patrón de consumo sostenible.


