Mientras Alemania acelera su transición hacia un esquema de capitalización individual para contener el deterioro fiscal de su sistema público de pensiones, Colombia avanza en sentido contrario. Esta paradoja ha sido documentada por Jerome Sanabria, activista política y analista de política pública, quien ha trazado un paralelismo entre las decisiones de política económica alemana y el debate pensional colombiano, advirtiendo sobre las consecuencias de largo plazo que podría enfrentar el país si no corrige el rumbo.

Sanabria ha respaldado las iniciativas de contrarreforma impulsadas por la administración del presidente Abelardo de la Espriella, orientadas a restablecer la competencia de las Administradoras de Fondos de Pensiones privadas y proteger el ahorro individual frente a las modificaciones introducidas por la Ley 2381 de 2024. Su argumento central apunta a que el sistema de reparto —diseñado originalmente por Otto von Bismarck en 1889— genera desequilibrios estructurales que se agravan con el envejecimiento poblacional. En Alemania, país con una esperanza de vida de 81 años y una edad de pensión cercana a los 67, la deuda pensional ya supera el 9% del PIB, equivalente a más de 406.000 millones de euros anuales, según datos del Instituto Ifo. De cada tres euros recaudados en ese país, uno se destina a cubrir el déficit fiscal en pensiones, una proporción que ilustra la magnitud del problema.

Para Colombia, la señal de alerta es directa: si el modelo de Colpensiones se consolida sin mecanismos de capitalización individual que diversifiquen el riesgo y fomenten la inversión de los ahorros de los trabajadores, el país podría enfrentar una crisis fiscal de proporciones históricas en las próximas dos décadas. El debate no es ideológico en su núcleo, sino actuarial y demográfico. Las proyecciones de envejecimiento poblacional en Colombia, combinadas con la informalidad laboral estructural, hacen que la sostenibilidad de un sistema de reparto puro sea técnicamente cuestionable. La experiencia europea ofrece evidencia empírica que los estrategas de política pública y los líderes empresariales del país no deberían ignorar al momento de evaluar el impacto de largo plazo de las reformas en curso.