Señales mixtas en el mercado cambiario dominicano abren el debate sobre la estabilidad de la moneda local frente al dólar estadounidense. Al cierre de operaciones recientes, el tipo de cambio se situó en 58.84 pesos dominicanos por dólar, con una volatilidad del 29.41%, considerablemente por encima del umbral de referencia del 11.89%. Este nivel de inestabilidad, combinado con una caída interanual del 7.05% en el valor del dólar frente al peso, refleja un entorno cambiario que exige atención por parte de tesoreros corporativos e inversionistas con exposición en la región.
Más allá del corto plazo, el panorama macroeconómico de República Dominicana proyecta una trayectoria de crecimiento moderado pero sostenido. Firmas de servicios financieros de referencia anticipan una aceleración del PIB real hacia el 4% en 2026, impulsada por la reducción de tasas de interés, la recuperación del turismo y un entorno político pro-mercado. El gobierno ha adoptado una postura fiscal activa: aprobó un presupuesto suplementario que incrementa el gasto de capital en 0.4% del PIB para 2025, ampliando el déficit global al 3.5% del PIB, con una proyección de 3.2% para 2026 y un superávit primario de 0.5%. Este equilibrio entre estímulo y consolidación fiscal será determinante para mantener la confianza de los mercados.
En materia cambiaria, el Banco Central de la República Dominicana estima que el tipo de cambio alcanzará aproximadamente 66.35 pesos por dólar en septiembre de 2026 y cerca de 69.15 un año después, lo que anticipa una depreciación gradual y controlada. La deuda pública bruta se mantendría estable en torno al 58% del PIB, mientras que el déficit por cuenta corriente se proyecta entre el 2% y el 2.5% del PIB. Los superávits en exportaciones de servicios y remesas compensarán los déficits comerciales, y la inversión extranjera directa neta —estimada entre 3.5% y 4.0% del PIB en sectores como turismo, energía e inmobiliario— sería suficiente para cubrir la brecha externa. Para los estrategas corporativos con operaciones o planes de expansión en el Caribe, estos indicadores configuran un mercado con fundamentos sólidos, aunque con riesgos latentes asociados a eventos climáticos y desafíos de gobernabilidad propios de mercados emergentes.