Crecientes tensiones geopolíticas en el Golfo Pérsico han empujado los precios internacionales del petróleo a sus niveles más altos en casi cuatro meses, con el crudo Brent superando los 108 dólares por barril y el West Texas Intermediate de Estados Unidos cotizando por encima de los 106 dólares. Ambos contratos acumulan un incremento cercano al 20% en el mes, una señal de alerta para estrategas corporativos y responsables de planificación energética en mercados emergentes como México y América Latina.
El detonante inmediato es el cierre del Oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita, una arteria crítica con capacidad para transportar hasta 7 millones de barriles diarios, diseñada precisamente para eludir el Estrecho de Ormuz en escenarios de conflicto. La infraestructura fue clausurada tras ataques con drones provenientes de Irak, y las autoridades sauditas no han proporcionado un cronograma de reapertura ni detalles sobre los daños. En paralelo, cargamentos de crudo en la terminal de Yanbu, sobre la costa del Mar Rojo, han sido suspendidos, afectando envíos programados hacia compradores europeos. A este escenario se suma la interrupción de operaciones en tres campos petroleros libios, donde la Guardia de Instalaciones Petroleras amenaza con extender sus acciones si no se atienden sus demandas, lo que podría derivar en declaraciones de fuerza mayor por parte de la Corporación Nacional del Petróleo de Libia.
Para los tomadores de decisiones en el sector empresarial y energético latinoamericano, este ciclo de volatilidad no es un episodio aislado: responde a una estructura de riesgo geopolítico que el Foro Económico Mundial ha identificado como uno de los principales factores de inestabilidad económica global en su informe de Riesgos Globales. McKinsey & Company ha señalado que las empresas con alta exposición a commodities energéticos deben incorporar escenarios de disrupción de suministro en sus modelos de planificación estratégica a tres y cinco años. En ese contexto, la convergencia de conflictos en el Golfo Pérsico, la fragilidad de rutas marítimas clave como el Estrecho de Ormuz y el Mar Rojo, y la inestabilidad en productores africanos como Libia configuran un entorno donde la gestión del riesgo energético deja de ser una función técnica para convertirse en una prioridad del C-Level.