Comprender la estructura del mercado petrolero mexicano es clave para cualquier estratega que evalúe el peso del sector energético en la economía nacional. Petróleos Mexicanos (Pemex) concentra el 98.8% de la producción total de crudo en el país, mientras que las empresas privadas aportan apenas el 1.2% restante, una proporción que refleja el modelo de gestión predominante en el sector y que condiciona las decisiones de inversión tanto pública como privada.

México clasifica su producción en tres tipos de crudo según los grados API: el Maya, de tipo pesado y con menor rendimiento en gasolinas pero de alta demanda como mezcla de exportación; el Istmo, de tipo ligero y con mayor eficiencia en la producción de gasolinas y destilados intermedios; y el Olmeca, considerado superligero y valorado especialmente para la fabricación de lubricantes y petroquímicos. En términos de volumen, el 54% de la producción corresponde al crudo pesado Maya, el 33% al ligero Istmo y el 12% restante al superligero Olmeca. Esta composición determina tanto el perfil exportador del país como su capacidad de refinación interna.

Un dato relevante para los análisis de mediano plazo es que en 2020 México logró revertir una tendencia de 15 años consecutivos de caída en la producción, al alcanzar un promedio de un millón 705 mil barriles diarios, cuatro mil barriles más que el año anterior. Este repunte estuvo impulsado, en parte, por la incorporación de nuevos campos que comenzaron operaciones en el primer semestre de 2019 y que sumaron 146.5 mil barriles diarios a la producción total. Para inversores y consultores que monitorean el sector energético latinoamericano, esta señal de estabilización —aunque aún frágil— representa un indicador a seguir de cerca en los ciclos de planeación estratégica.