Colapso pesquero en Cuba: cuando los recursos costeros no llegan a la mesa
Producción pesquera que se reduce a la mitad en cuatro años, acuicultura en retroceso y acceso alimentario comprometido para millones de personas: ese es el diagnóstico que emerge de los datos más recientes sobre el sector pesquero cubano. Según cifras del Anuario Estadístico de Cuba 2024, elaborado por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), la captura bruta de productos pesqueros pasó de 46,386.5 toneladas en 2020 a 22,330.6 toneladas en 2024, una contracción superior al 50% en un período de apenas cuatro años. El análisis fue sistematizado por Food Monitor Program en su informe '¿Dónde está el pescado para la población?', que contextualiza estas cifras dentro del deterioro más amplio de la seguridad alimentaria en la isla.
La paradoja geográfica es contundente: Cuba dispone de 5,746 kilómetros de costas y una plataforma insular de más de 50,000 kilómetros cuadrados, condiciones que históricamente han sustentado una tradición pesquera relevante. Sin embargo, el colapso productivo ha convertido al pescado en un bien de acceso ocasional. El análisis por especies ilustra la magnitud del problema: en 2024 se reportaron apenas 220.2 toneladas de pargo, 317.2 de túnidos y 4.6 toneladas de camarón de mar, este último producto con una caída desde las 426 toneladas registradas en 2023. La producción de langosta, destinada históricamente en gran parte a la exportación, también se redujo a la mitad entre 2022 y 2024, al pasar de 4,224.8 a 2,016.3 toneladas. En paralelo, la acuicultura no ha logrado compensar el déficit: la producción de tilapia cayó de 2,153.7 a 790.3 toneladas, y la de claria se desplomó de 4,428.3 a 329.1 toneladas en el mismo período.
Más allá de las cifras productivas, el impacto se traduce en consecuencias nutricionales concretas. Una porción de 150 gramos de pescado puede cubrir entre el 50% y el 60% de los requerimientos diarios de proteína de un adulto, además de aportar ácidos grasos omega-3, yodo, vitamina D, calcio, selenio y vitamina B12, nutrientes críticos en contextos donde el acceso a carnes, huevos y lácteos también es limitado. En la práctica cotidiana, la oferta de pescado fresco se ha desplazado hacia canales informales, donde productos como bonito, atún, pargo y sierra se comercializan a precios que oscilan entre 650 y 900 pesos por libra sin eviscerar, con variaciones según zona y temporada. Este escenario plantea interrogantes estructurales sobre la capacidad del modelo de gestión pesquera actual para responder a las necesidades básicas de la población, en un momento en que la seguridad alimentaria se ha convertido en uno de los principales indicadores de vulnerabilidad social en la región.