Infraestructura de carga eléctrica en México: brechas regionales que frenan la movilidad

Recorrer México de sur a norte en un vehículo eléctrico sigue siendo una prueba de logística tanto como de tecnología. Un equipo que participará en la Carrera Panamericana con un automóvil eléctrico ha diseñado una estrategia de abastecimiento energético que revela, con precisión cartográfica, dónde están los vacíos de la infraestructura de carga en el país: el sureste mexicano, desde Tuxtla Gutiérrez hasta Veracruz, representa el tramo más crítico, mientras que el corredor Ciudad de México–Querétaro–Guanajuato–San Luis Potosí concentra la mayor densidad de cargadores rápidos disponibles.

Esta asimetría no es anecdótica. Según datos del Centro Mario Molina y reportes del sector automotriz, México cuenta con menos de 2,000 puntos de carga pública operativos a nivel nacional, una cifra que contrasta con los más de 65,000 registrados en Estados Unidos. La concentración geográfica de esa infraestructura en zonas metropolitanas del centro del país reproduce un patrón conocido en mercados emergentes: la adopción tecnológica avanza más rápido donde ya existe capacidad instalada, profundizando las brechas regionales. Para los estrategas corporativos, esto representa tanto un riesgo de planificación de flotas como una oportunidad de inversión en infraestructura en corredores desatendidos.

La solución que el equipo competidor ha articulado es, en sí misma, un modelo de gestión energética adaptativa: carga lenta nocturna en instalaciones hoteleras, estaciones de carga rápida en puntos intermedios y una unidad móvil desarrollada por una empresa oaxaqueña capaz de suministrar hasta 30 kW como respaldo en zonas sin cobertura. La lógica operativa descarta cargar la batería al 100% en cada parada; en cambio, prioriza recuperar únicamente la energía necesaria para alcanzar el siguiente nodo. Este enfoque —eficiencia sobre capacidad máxima— anticipa cómo deberán operar las flotas comerciales eléctricas en territorios con infraestructura fragmentada. Para el C-Level de empresas con operaciones logísticas o de transporte, el caso ilustra que la transición a la electromovilidad en México no depende solo de la tecnología del vehículo, sino de construir ecosistemas de abastecimiento resilientes y geográficamente distribuidos.