Industria y empleo formal: su interdependencia como factor clave de competitividad

Industria y empleo formal no son categorías opuestas ni independientes: son componentes de un sistema que adquiere valor a través de su interacción. Esta premisa, que el semiólogo Ferdinand de Saussure aplicó al lenguaje a inicios del siglo XX, ilustra con precisión la dinámica económica que enfrenta actualmente el sector manufacturero en América Latina: sin empresas, no hay empleo, y sin empleo formal, no hay consumo que respalde a las empresas.

La interdependencia entre estos dos elementos se vuelve crítica en un entorno donde la competitividad se deteriora. Datos recientes registran cierres masivos de unidades productivas en zonas de alta concentración fabril. La Provincia de Buenos Aires —que representa el 43.3% del empleo industrial regional— ha contabilizado 1,374 cierres de fábricas, equivalentes al 34.7% del total nacional. El resultado: la pérdida de 45,115 empleos formales, es decir, el 45.2% de los puestos del sector a escala nacional. Detrás de cada cifra se encuentran familias que deben reconfigurar su economía doméstica, con efectos en cadena sobre el consumo, la recaudación fiscal y la cohesión social.

Uno de los factores que ha acelerado esta contracción es la apertura indiscriminada a importaciones, incluyendo productos que ingresan a precios inferiores a los costos de producción local. Para los estrategas corporativos y los tomadores de decisiones en política industrial, este fenómeno plantea una pregunta estructural: ¿puede un mercado interno sostenerse sin una base productiva propia? La evidencia histórica —desde la desindustrialización británica de los años 80 hasta los ciclos de reindustrialización en economías del sudeste asiático— sugiere que la respuesta es negativa. Defender la capacidad productiva nacional no es un acto de proteccionismo ideológico; es gestión de riesgo sistémico. Cuando uno de los sectores colapsa, el otro asume inevitablemente las consecuencias.