Reformar beneficios por discapacidad sin recortes burdos: el dilema fiscal y social

Excluir a personas con TDAH, autismo o ansiedad de los sistemas de beneficios por discapacidad no produciría los ahorros fiscales que sus promotores anticipan. Esa es la conclusión central de un análisis elaborado por la Fundación Resolution, que advierte además que este tipo de medidas podría obstaculizar la inclusión laboral y social de poblaciones que ya enfrentan barreras estructurales significativas. El hallazgo cobra relevancia en un contexto global donde varios gobiernos revisan la sostenibilidad de sus sistemas de bienestar ante el crecimiento acelerado del gasto en salud mental y neurodesarrollo.

Según el análisis, una reorientación más precisa del apoyo —enfocada en retirar beneficios a solicitantes en edad laboral que no reportan costos adicionales derivados de su discapacidad— podría generar ahorros de aproximadamente 4,400 millones de libras esterlinas anuales, equivalentes a cerca de uno de cada seis beneficiarios actuales. Sin embargo, los investigadores enfatizan que cualquier reforma debe implementarse con cautela. Desde 2014, el gasto en el sistema británico de pagos de independencia personal (Pip) creció 183% en términos reales, con una proyección de 28,000 millones de libras para el año en curso y una estimación de 34,000 millones hacia el cierre de la década. El incremento responde, en gran medida, al aumento de solicitudes vinculadas a salud mental, TDAH y autismo, lo que refleja una tendencia demográfica y diagnóstica que trasciende las fronteras del Reino Unido.

Para los estrategas de política pública y los líderes organizacionales, el debate sobre estos sistemas ofrece señales relevantes. Lindsay Judge, directora de investigación de la Fundación Resolution, identifica tres fallas estructurales del modelo actual: la desconfianza de los solicitantes en el proceso, la insuficiencia de los montos otorgados frente a la naturaleza de las discapacidades contemporáneas y el crecimiento insostenible del gasto. La propuesta de reforma no apunta a recortes lineales, sino a rediseñar el sistema para que funcione como habilitador de participación —laboral, comunitaria y social—, no solo como transferencia monetaria. Este enfoque, que conecta el apoyo económico con resultados de inclusión medibles, representa una dirección que organizaciones, aseguradoras y gobiernos de distintas regiones están comenzando a explorar como alternativa al modelo asistencial tradicional.