Amazonía: de sumidero de carbono a fuente neta de emisiones por acción humana
Durante décadas, el mayor bosque tropical del planeta funcionó como un regulador climático global, absorbiendo cantidades masivas de CO₂ y amortiguando el calentamiento global. Ese equilibrio se rompió. Entre 2010 y 2024, la Amazonía liberó en promedio 1,170 millones de toneladas métricas más de dióxido de carbono de las que absorbió cada año, según un estudio basado en 15 años de mediciones atmosféricas obtenidas mediante vuelos sobre cuatro puntos estratégicos de la región. El hallazgo reposiciona al bosque amazónico no como solución climática, sino como variable de riesgo en los modelos de sostenibilidad global.
Los incendios forestales, en su mayoría de origen humano, concentran la mayor parte de las emisiones: aproximadamente 1,470 millones de toneladas métricas de CO₂ anuales, cifra que supera con creces la capacidad de absorción del bosque, estimada en 300 millones de toneladas métricas por año. Los investigadores identificaron tres escenarios diferenciados según el nivel de intervención humana y las condiciones climáticas. En años con mayor pluviosidad y menor presión antrópica, la selva emitía unas 110 millones de toneladas de carbono anuales y aún absorbía el 64% de lo que los incendios liberaban. Cuando la deforestación se intensificó —sin que las condiciones climáticas fueran extremas—, las emisiones se cuadruplicaron hasta 430 millones de toneladas. En los años más cálidos y secos, marcados por fenómenos climáticos globales, las emisiones alcanzaron 490 millones de toneladas y la superficie quemada creció un 92%. En 2023 y 2024, solo una fracción mínima de los incendios registrados fue provocada por rayos; la gran mayoría tuvo origen humano.
Para estrategas corporativos, inversores y tomadores de decisiones en México y Latinoamérica, este escenario tiene implicaciones que van más allá de la política ambiental. Los registros climáticos confirman una caída del 20% en las lluvias durante los meses más secos en las últimas décadas, lo que acelera la degradación del ecosistema y amplifica los riesgos físicos para cadenas de valor agrícolas, energéticas e hídricas que dependen de la estabilidad climática regional. El modelo de desarrollo basado en la destrucción forestal no solo genera externalidades ambientales: produce pasivos climáticos medibles que ya están siendo incorporados en marcos de reporte como el TCFD y en criterios ESG de fondos de inversión globales. La Amazonía dejó de ser un activo dado por sentado; su degradación es hoy un indicador adelantado de inestabilidad sistémica.



