Garantía de empleo frente al desplazamiento laboral por inteligencia artificial

Economistas y líderes del sector tecnológico han intensificado las advertencias sobre el potencial de la inteligencia artificial para transformar radicalmente el mercado laboral en un horizonte de cinco a diez años. Figuras como el CEO de Anthropic han señalado que diversas profesiones —desde el ámbito legal hasta el financiero— podrían verse afectadas en ese plazo. Independientemente de si el escenario de desempleo masivo se materializa o responde a una percepción amplificada por el entusiasmo inversor, la pregunta de fondo ya circula en foros de política pública: ¿qué mecanismos institucionales pueden absorber el choque? Una propuesta que ha ganado tracción entre académicos y estrategas es la garantía de empleo, un esquema que aseguraría acceso universal a trabajo significativo y bien remunerado para quienes lo soliciten.

Si bien el concepto puede sonar novedoso, sus raíces son profundas. El artículo 23 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 ya consagraba el derecho al trabajo como principio fundamental. En la práctica, la Administración de Progreso de Obras (WPA) implementada por Franklin D. Roosevelt durante la Gran Depresión de los años treinta empleó a millones de estadounidenses en proyectos de infraestructura pública. Versiones más recientes han sido adoptadas en Francia, India y Argentina con distintos alcances y resultados. Lo que diferencia al debate actual es la escala del fenómeno tecnológico que lo motiva y la velocidad con que los modelos de negocio están incorporando automatización avanzada, lo que comprime los tiempos de adaptación disponibles para trabajadores y gobiernos.

Un elemento que distingue a la garantía de empleo de otras propuestas como el ingreso básico universal (UBI) es su dimensión simbólica y social. Encuestas realizadas en Estados Unidos muestran que la creación de empleos bien remunerados genera mayor adhesión ciudadana que la transferencia directa de ingresos. Algernon Austin, director de raza y justicia económica en el Centro de Investigación Económica y Política, argumenta que el trabajo aporta experiencia, habilidades y redes de contacto que ningún subsidio puede replicar. Para los estrategas corporativos y los tomadores de decisiones en política pública, esto implica que cualquier respuesta institucional al desplazamiento laboral inducido por IA deberá contemplar no solo la sostenibilidad fiscal del esquema, sino también su capacidad para preservar la cohesión social y la dignidad laboral en sectores que hoy enfrentan una curva de obsolescencia acelerada. El costo de no actuar, medido en pérdida de capital humano y tensión social, podría superar con creces el de implementar mecanismos de amortiguación estructural.