Gastromotiva: Una receta contra el hambre y la exclusión

Por Uriel Naum Avila

Detrás de una puerta discreta en el Centro Histórico de la Ciudad de México no hay chefs buscando estrellas ni comensales pagando cuentas elevadas. Lo que hay es fuego encendido y una urgencia compartida: la de transformar ingredientes recuperados en platos calientes para quienes duermen en la calle, y la de ofrecer un oficio a jóvenes a los que el sistema les cerró la puerta antes de empezar. En este espacio, donde operan Gastromotiva México y, en determinadas fechas, voluntarios de Fundación PepsiCo México, la cocina dejó de ser un espectáculo gastronómico para convertirse en una trinchera de movilidad social y dignidad.

En el lugar, el filo de los cuchillos sobre las tablas de picar no responde a la presión frenética de un restaurante comercial, sino a un ejercicio de absoluta introspección. Así lo describe Silvia Guadalupe Camacho Galván, Líder de Impacto de Gastromotiva México, al reflexionar sobre la naturaleza transformadora de este oficio: “La cocina es un lugar maravilloso porque no discrimina a nadie. Además, es un espacio de meditación, porque tienes que estar en el aquí y en el ahora; si cortas mal, te puedes quemar o cortar, por lo que concentrarte en lo que estás haciendo en el momento es terapéutico”. 

Este oasis culinario, asentado en un espacio recuperado mediante un comodato con el Fideicomiso del Centro Histórico, es mucho más que una escuela de cocina comunitaria. Es la punta de lanza de un movimiento global gestado originalmente por David Hertz en las favelas de Brasil. Hace diez años, impulsado en suelo mexicano por Alejandro de la Peña, este proyecto comprendió una verdad ineludible: erradicar el hambre, la marginación y la falta de oportunidades no es tarea exclusiva de la caridad institucional, sino un tejido que exige la co-responsabilidad entre la sociedad civil, las comunidades y las grandes empresas. 

Es precisamente en esta encrucijada donde los caminos de Gastromotiva y de Fundación PepsiCo México convergen para tejer una historia de alto impacto social. 

Radiografía de una realidad

Para comprender el peso específico de alianzas como esta, es necesario mirar de frente la realidad estructural del país. En México, el 14.4% de la población padece algún grado de inseguridad alimentaria, mientras que el desperdicio de alimentos alcanza cifras paradójicas en un entorno de carencias generalizadas. Frente a este panorama, la filantropía tradicional de escritorio se queda corta; se requiere presencia territorial, entendimiento comunitario y un músculo operativo capaz de transformar la inercia del asistencialismo en verdadera movilidad social. 

Del lado corporativo, Dulce Santana, Sr. Manager de Impacto Social de PepsiCo, entiende que la sustentabilidad y el desarrollo comunitario no son apéndices decorativos, sino el núcleo operativo de su labor. Con una trayectoria de ocho años en la fundación y una década dentro de la compañía, Dulce apunta al origen de esta convicción: “La Fundación PepsiCo surge de esta convicción que tenemos de que la alimentación es la base del desarrollo de las personas. Es necesario que la gente tenga acceso a alimentos de manera constante, suficientes y nutritivos para que un niño pueda ir a la escuela y aprovecharlo, o para que una persona pueda desarrollarse plenamente”. 

Bajo esta premisa, la compañía ha estruturado su estrategia social en pilares clave como el programa Hambre Cero, el apoyo a pequeños productores agrícolas mediante iniciativas de agricultura regenerativa como Agrovita, y el combate a la desnutrición infantil a través de Quaker Qrece. Sin embargo, la magnitud del reto exige mirar hacia los flancos más vulnerables de las grandes ciudades, y es ahí donde la alianza con Gastromotiva encuentra un terreno fértil para sembrar soluciones tangibles. 

El voluntariado que trasciende el número frío

La colaboración entre Fundación PepsiCo México y Gastromotiva no se limita a la firma de convenios distantes o a la transferencia de recursos económicos. Se materializa cada semana en el calor humano de las manos que cocinan. Desde 2024, más de 800 colaboradores de PepsiCo han participado en 32 jornadas de voluntariado dentro de esta sede en el Centro Histórico, donando cerca de 3,600 horas de servicio para preparar y entregar más de 8,000 comidas con destino a poblaciones en extrema vulnerabilidad. 

Estas porciones no son simples números en un reporte de impacto anual; llevan nombre, rostro y destino preciso. Los alimentos son canalizados sistemáticamente a refugios e instituciones clave como la Casa Xochiquetzal —un espacio vital que acoge a mujeres adultas mayores que se dedicaron al trabajo sexual y hoy enfrentan la vejez en situación de abandono—, la comunidad de Sant’Egidio, que acompaña a personas sin hogar y familias en pobreza extrema, y la Fundación Renacimiento, que brinda un hogar y acompañamiento integral a niñas, niños y jóvenes en abandono social. 

Para Dulce Santana, el verdadero valor de estas actividades radica en el intangible emocional que acompaña a cada entrega: “Nuestros voluntarios le ponen muchísimo corazón. Cuando decoran los empaques, les escriben mensajes tan bonitos y les hacen dibujos tan tiernos que las personas que reciben estos alimentos nos han dicho que guardan los envases porque se convierten en un verdadero apapacho al alma. Eso es realmente lo que buscamos: el número importa, por supuesto, pero la voluntad de decir 'hice esto exclusivamente para ti' es lo que impregna el sello de nuestra gente”.

La fuerza de esta participación responde también a una cultura interna muy particular. Con más de 7,000 empleados involucrados en actividades de voluntariado a nivel nacional tan solo en el último año, México se posiciona como el mercado con mayor dinamismo solidario dentro de todo el sistema global de PepsiCo. A través de tableros de desempeño regional, incentivos y una sana competencia interna impulsada por la propia compañía, el voluntariado ha dejado de ser una obligación corporativa para convertirse en una aspiración de orgullo comunitario. 

Sembrar futuros: desarrollo humano y comunitario

Mientras los voluntarios corporativos aportan el calor de una jornada sabatina, el motor cotidiano de Gastromotiva opera con la precisión de un engranaje social minuciosamente calibrado. Silvia Camacho detalla que el acceso a la escuela no es fortuito ni masivo sin control; cada convocatoria abierta atraviesa un riguroso proceso de selección de dos meses que incluye entrevistas grupales, evaluaciones socioeconómicas y filtros personales. 

¿La razón? El programa no busca simplemente enseñar técnicas de cocina a personas desempleadas; busca rescatar trayectorias de vida truncadas por la marginación, la violencia intrafamiliar o la falta de oportunidades estructurales.  “Nosotros no solo les enseñamos a cocinar. Tenemos un eje fundamental llamado desarrollo humano, donde trabajamos habilidades blandas: comunicación, liderazgo, trabajo en equipo, planificación, sexualidad y un plan de vida y carrera”, explica Silvia. 

Este enfoque holístico explica por qué el 75% de los jóvenes que concluyen su formación como auxiliares de cocina logran una inserción laboral exitosa, mientras que otros tantos consolidan proyectos de emprendimiento en sus propias comunidades. Además, a través de materias innovadoras como la Intervención Gastronómica Social, los propios alumnos se convierten en agentes de cambio, diseñando campañas comunitarias para mejorar el entorno de sus colonias mediante el aprovechamiento de alimentos y la educación nutricional. 

Sin embargo, el camino no está exento de retos complejos. Silvia relata los desafíos cotidianos de operar en el Centro Histórico —un territorio donde convergen la riqueza histórica y la crudeza de la población en situación de calle— y la necesidad imperativa de que el sector público y privado dejen de ver a las organizaciones sociales como competencia para asumirlas como aliados estratégicos indispensables. 

“La movilidad social requiere un trabajo multiactor. Necesitamos al gobierno para abrir espacios y eliminar barreras absurdas, como los filtros universitarios para puestos operativos que limitan a nuestros jóvenes; necesitamos a las organizaciones para complementarnos en áreas complejas como adicciones, y necesitamos firmemente a las empresas para sostener la operación ante el alza constante en los costos de los insumos alimentarios”, subraya Camacho. 

La historia que se escribe entre los muros de Gastromotiva y el respaldo constante de la Fundación PepsiCo México demuestra que la sostenibilidad y el impacto social no se construyen desde la retórica de los informes corporativos, sino desde la trinchera diaria del esfuerzo compartido.

Cuando una colaboradora de PepsiCo decora con un mensaje de aliento un contenedor de comida, y un joven en situación de vulnerabilidad encuentra en la disciplina de la cocina una vía formal para ganarse la vida con honra, ocurre una pequeña revolución silenciosa. Es la prueba fehaciente de que, cuando la gran industria alinea su capacidad operativa con el conocimiento territorial de la sociedad civil, el hambre deja de ser una estadística insuperable y se transforma, plato a plato, en una oportunidad tangible para devolverle a las personas el sabor de su propia dignidad.