Monocultivo del agave amenaza la diversidad genética y la resiliencia del mezcal
Detrás del éxito global del mezcal oaxaqueño se acumula una presión ecológica que los estrategas de la industria agroalimentaria no pueden ignorar. En los últimos 27 años, las plantaciones de agave espadín en Oaxaca crecieron un 400%, un ritmo de expansión que investigadores del Instituto de Ecología ya comparan con el proceso que transformó el paisaje de Jalisco en torno al agave azul. Ambos casos comparten una lógica similar: la especialización productiva que impulsa el crecimiento económico a corto plazo puede erosionar las bases biológicas que sostienen la industria en el largo plazo.
México concentra más del 70% de las especies del género Agave registradas a nivel mundial, y Oaxaca es uno de sus epicentros de biodiversidad, con variedades como el tobalá, el papalometl, el tepeztate y el cuishe, adaptadas durante milenios a condiciones locales específicas. Sin embargo, el espadín representa hoy más del 85% de la producción total de mezcal, en parte porque madura entre 6 y 10 años frente a los 15 o 30 que requieren las especies silvestres. Su propagación vegetativa mediante hijuelos —práctica dominante en las parcelas comerciales— ha generado extensas superficies compuestas por individuos genéticamente idénticos. Este fenómeno, conocido como decaimiento clonal, impide la depuración natural de mutaciones nocivas y reduce drásticamente la resiliencia de los cultivos ante fitopatógenos. Una plaga adaptada a un solo genotipo puede propagarse sin fricción a lo largo de miles de hectáreas.
El costo ambiental del modelo también es cuantificable. Entre 1995 y 2022, el establecimiento de plantaciones de agave fue responsable de hasta el 62% de la deforestación en zonas específicas de Oaxaca, sustituyendo bosques secos y cultivos tradicionales de milpa por monocultivos en valles semiáridos y zonas de montaña. Esto ocurre dentro del Bosque Seco Tropical, uno de los biomas más amenazados del planeta, del cual México ya ha degradado o transformado más del 70% de su superficie. Para los líderes de la industria, los inversores en cadenas de valor agrícolas y los responsables de política sectorial, la señal es clara: la diversificación genética del agave no es solo una agenda conservacionista, sino una condición de viabilidad económica para una industria cuyo valor de exportación supera los mil millones de dólares anuales. Integrar especies alternativas, fomentar la reproducción sexual y establecer corredores de biodiversidad son estrategias que ya forman parte del debate técnico, y que en los próximos años definirán qué actores de la cadena del mezcal construyeron ventajas sostenibles y cuáles quedaron expuestos a riesgos sistémicos.



