Bancos en Latinoamérica implementan reducciones significativas en tasas de refinanciación como respuesta a niveles históricos de morosidad en carteras de personas físicas. Esta tendencia evidencia un ajuste estructural en la gestión del riesgo crediticio, donde las entidades financieras optan por retener clientes a través de opciones de reprogramación que alivian la carga del servicio de deuda.
En mercados como Argentina, donde la morosidad ha alcanzado cifras máximas, se ha adoptado un modelo de refinanciación escalonado que varía según el tipo de deuda y perfil del cliente. Para deudas internas, se ofrecen tasas fijas que oscilan entre 10% y 15% en moneda local. En el caso de atrasos recientes en tarjetas de crédito (1 a 85 días), las tasas han disminuido de 35% a 29%, un diferencial de 600 puntos base que revela una estrategia deliberada de discriminación de riesgo. El objetivo es retener clientes con problemas incipientes mediante incentivos, mientras se mantienen tasas más altas para quienes presentan mora consolidada. Operaciones de este tipo han procesado más de 109,000 transacciones por un total de 503.3 mil millones de pesos, beneficiando a casi 96,000 usuarios.
Desde la perspectiva de modelos de negocio, esta estrategia anticipa una reconfiguración del retail financiero en mercados emergentes. Morosidad en créditos personales ha superado 8% en varios países de la región, niveles que erosionan márgenes y capital regulatorio. Refinanciación masiva funciona como válvula de escape: extiende plazos (hasta 120 meses en algunos casos), reduce cuotas mensuales y evita castigos contables inmediatos. Sin embargo, este enfoque traslada riesgo hacia el futuro, aumentando exposición a ciclos económicos prolongados y generando una acumulación de deuda que podría materializarse en crisis posteriores.
Para estrategas corporativos, esta dinámica plantea tres implicaciones clave. Primero, la competencia por retención de clientes se desplaza hacia flexibilidad crediticia, en lugar de centrarse únicamente en tasas nominales agresivas. Segundo, digitalización de procesos de refinanciación se vuelve esencial para escalar operaciones sin incrementar costos administrativos. Tercero, segmentación del riesgo mediante tasas diferenciadas y plazos variables se consolida como estándar operativo. Instituciones que logren automatizar evaluaciones de riesgo y ofrecer opciones personalizadas en tiempo real tendrán ventaja competitiva en segmentos de ingresos medios, donde volatilidad económica genera demanda recurrente de reprogramación.



