Uno de cada cinco niños en Costa Rica vive en pobreza, mientras que más del 63% carece de computadora en su hogar. Estas cifras, extraídas de la Encuesta Nacional de Hogares 2025, revelan una crisis de desigualdad que va más allá de lo económico: representa una barrera estructural para el desarrollo educativo y la movilidad social de la población infantil. El 21.5% de menores entre 0 y 12 años se encuentra en condición de pobreza, y un 8.7% enfrenta pobreza extrema, indicadores que contrastan con el discurso de avance social que caracteriza a la región.
Las disparidades territoriales amplían esta preocupación. La Región Brunca concentra el 29.4% de niños en pobreza, seguida por el Pacífico Central (29.1%) y la Huetar Norte (27.5%). Estas brechas geográficas evidencian que más de una cuarta parte de la población infantil en estas zonas crece en hogares con recursos limitados, lo que genera ciclos de exclusión que trascienden generaciones. Paralelamente, el 6.6% de menores vive en condiciones de hacinamiento, limitando su capacidad para descansar y estudiar adecuadamente.
La brecha digital se manifiesta en múltiples dimensiones. Aunque el 9.5% carece de acceso a internet desde su vivienda, el problema más profundo radica en la ausencia de dispositivos de computación: el 63.7% de los niños no posee computadora en casa. Esta distinción es crítica en contextos educativos modernos donde las tareas escolares, el acceso a plataformas de aprendizaje y la alfabetización digital son requisitos cada vez más fundamentales. Un hogar puede tener conectividad móvil pero carecer de la herramienta adecuada para que un menor realice actividades académicas complejas.
En educación formal, las diferencias por edad son notables. Mientras el 39.5% de niños entre 2 y 6 años no asiste a educación formal, este porcentaje cae al 0.2% en el rango de 7 a 12 años, reflejando la mayor cobertura de educación primaria. Sin embargo, esta cobertura no garantiza equidad de oportunidades cuando la mitad de la población estudiantil carece de acceso a tecnología básica para complementar su aprendizaje.
Estas desigualdades estructurales plantean un desafío crítico para la región: sin intervención en acceso a recursos tecnológicos, conectividad y mejora de condiciones económicas del hogar, la brecha educativa tenderá a perpetuarse, limitando las oportunidades de desarrollo profesional y económico de una generación completa.



