Siete toneladas de plástico reciclado transformadas en 850 bloques de construcción: esa es la base material de una vivienda unifamiliar levantada en Alajuelita, San José, Costa Rica, que representa un caso de estudio relevante para quienes analizan la intersección entre economía circular, responsabilidad social corporativa y acceso a vivienda digna. Entregada en mayo de 2018 a Cindy Mora, madre soltera que durante nueve años ahorró como empleada doméstica para adquirir un terreno propio, la edificación fue posible gracias a una alianza entre organizaciones del sector social y empresas privadas comprometidas con la reutilización de residuos sólidos.
El sistema constructivo empleado, conocido como Bloqueplas, fue desarrollado por la organización Ekojunto a partir de botellas, bolsas y envases plásticos recuperados. Su diseño modular —similar al ensamblaje de piezas tipo Lego— permitió que voluntarios sin formación técnica especializada participaran en el montaje de los muros bajo supervisión profesional, completando más de 800 horas de trabajo colaborativo en menos de dos meses. Aunque el plástico reciclado se utilizó exclusivamente en las paredes, las piezas fueron diseñadas para cumplir con el código sísmico de construcción vigente en Costa Rica desde 2010, lo que garantiza la seguridad estructural del inmueble. Cimientos, techo, instalaciones sanitarias, cableado eléctrico, puertas y ventanas se ejecutaron con materiales y técnicas convencionales, y los muros terminados fueron revestidos y pintados, integrándose visualmente al entorno del barrio.
Más allá del caso individual, este proyecto anticipa una tendencia que cobra fuerza en mercados emergentes: el uso de materiales alternativos derivados de residuos como respuesta parcial al déficit habitacional, estimado por ONU-Hábitat en más de 1,000 millones de personas sin acceso a vivienda adecuada a nivel global. Para estrategas corporativos e inversores, la experiencia ilustra cómo las alianzas público-privadas con enfoque en economía circular pueden generar valor social medible —acceso a vivienda, gestión de residuos, cohesión comunitaria— mientras validan tecnologías constructivas escalables. La pregunta que queda abierta para la próxima década es si modelos como este pueden replicarse a escala industrial sin perder su viabilidad técnica ni su impacto social.