Nueve años de ahorro sistemático bastaron para que una mujer en San José, Costa Rica, adquiriera un terreno. Lo que no alcanzó fue para construir sobre él. Este escenario, replicado millones de veces en toda Latinoamérica, ilustra una de las fracturas más persistentes del mercado habitacional regional: el acceso al suelo y el acceso a la construcción son dos barreras distintas, y superar la primera no garantiza superar la segunda. Según datos del Banco Interamericano de Desarrollo, el déficit habitacional en América Latina supera los 40 millones de unidades, con una proporción creciente de hogares atrapados en ese limbo entre la propiedad del terreno y la imposibilidad de edificar.
Fue precisamente en ese punto de quiebre donde intervino Entorno, junto con otras organizaciones del sector social y privado, para materializar una solución que combina innovación en materiales con voluntad colectiva. La vivienda resultante se levantó con 850 bloques modulares Bliqueplas, fabricados a partir de aproximadamente 7.5 toneladas de desechos plásticos urbanos —envases, bolsas, botellas y envolturas— sometidos a un proceso de trituración y termoformado que les confiere una resistencia estructural comparable a la mampostería convencional. Más de 800 horas de trabajo voluntario respaldaron la ejecución técnica del proyecto. Los cimientos, cubierta, instalaciones hidrosanitarias y eléctricas se resolvieron con métodos constructivos tradicionales, garantizando el cumplimiento de normativas de habitabilidad y estabilidad a largo plazo. El resultado exterior es indistinguible de una construcción estándar: aplanados, recubrimientos y pintura ocultan completamente el origen del material estructural.
Más allá del caso individual, el precedente que establece este proyecto tiene implicaciones estratégicas para tres industrias simultáneamente: la construcción, la gestión de residuos y el financiamiento de vivienda social. Si los bloques de plástico reciclado pueden certificarse como material estructural confiable y escalarse en producción, se abre una vía para reducir costos de edificación al tiempo que se desvían toneladas de plástico de los vertederos. Para los estrategas corporativos y los inversores en infraestructura sostenible, la pregunta relevante no es si este modelo puede replicarse de forma masiva de manera inmediata —aún no puede—, sino qué condiciones regulatorias, financieras y logísticas deben construirse para que en la próxima década sí sea posible. Costa Rica acaba de colocar una señal en ese camino.