Tener todas las piezas no equivale a tener un sistema funcional. México cuenta con científicos de alto nivel, universidades con capacidad de investigación, centros hospitalarios, instituciones regulatorias y una industria farmacéutica conectada a redes globales de innovación. El problema no es la existencia de estos recursos, sino su desconexión operativa. Como ocurre con una orquesta de músicos talentosos sin director, los esfuerzos individuales generan valor, pero no el impacto que produciría su coordinación.

Este diagnóstico se articula alrededor de tres ejes que los especialistas del sector identifican como condiciones mínimas para competir en ciencias de la vida: capacidades, certidumbre y colaboración. Las capacidades residen en el talento científico y la infraestructura clínica. La certidumbre implica reglas claras, procesos eficientes y decisiones regulatorias predecibles, un factor que en la industria farmacéutica deja de ser un concepto jurídico para convertirse en ventaja competitiva directa. La colaboración exige que autoridades, academia e iniciativa privada abandonen la lógica de compartimentos estancos. Según datos del sector, cada estudio clínico que se realiza en un país moviliza investigadores, hospitales, tecnología, proveedores y conocimiento, además de ofrecer a pacientes acceso anticipado a tratamientos en desarrollo. La disputa por atraer esos proyectos es global: México no compite solo con Brasil o Argentina, sino con destinos en Europa y Asia que también buscan actividades de alto valor agregado.

En un contexto donde el nearshoring reposiciona a México como nodo estratégico en cadenas de suministro norteamericanas, la pregunta relevante para los tomadores de decisión es si el país puede dar el salto de productor de manufactura a productor de conocimiento. La certeza regulatoria, la protección efectiva de la propiedad intelectual y la capacidad institucional para sostener proyectos de largo plazo —que en innovación farmacéutica pueden extenderse más de una década desde la investigación de una molécula hasta su llegada al paciente— son determinantes para esa transición. Construir esa reputación requiere que la propiedad intelectual deje de ser un tema reservado a especialistas legales y se integre como variable central en la política de competitividad. Un ecosistema que conecte talento, reglas predecibles y diálogo intersectorial envía una señal diferente a los mercados globales de inversión: la de un destino que compite por valor, no solo por costo.