Presiones geopolíticas sin precedente están redibujando el mapa logístico del petróleo en Medio Oriente. Arabia Saudita, el mayor exportador mundial de crudo, enfrenta una restricción simultánea de sus principales rutas de salida: el estrecho de Ormuz, controlado por Irán desde el inicio del conflicto regional, y el corredor del Mar Rojo, sometido a bloqueos marítimos impuestos por grupos hutíes desde Yemen. A esto se suma el cierre temporal del oleoducto Este-Oeste —arteria que conecta los yacimientos orientales del reino con la terminal de Yanbu— tras ataques atribuidos a grupos proiraníes en Irak. La convergencia de estas disrupciones configura un escenario de riesgo logístico que los mercados energéticos globales no habían enfrentado con esta intensidad desde la crisis del Golfo de los años noventa.
Ante el cierre progresivo de sus rutas naturales, el reino ha intensificado su dependencia del Canal de Suez y del oleoducto Sumed, que conecta el Mar Rojo con el Mediterráneo oriental a través de Egipto. A finales de julio, el tránsito de crudo saudí por el canal alcanzó casi 500,000 barriles diarios, un incremento significativo frente a los niveles de junio. Las estimaciones del sector indican que la combinación de ambas infraestructuras podría desviar hasta 3.4 millones de barriles diarios sin pasar por el estrecho de Bab al-Mandeb, aunque esa capacidad no ha sido probada a escala plena. El problema estructural es que esta alternativa alarga considerablemente los tiempos de entrega hacia Asia —el mercado prioritario para el crudo saudí—, ya que los buques deben navegar hasta el Mediterráneo y rodear el continente africano, añadiendo semanas a cada viaje y presionando al alza los costos de flete.
Para los estrategas corporativos e inversores en energía, este escenario tiene implicaciones que van más allá del corto plazo. Según análisis del Wood Mackenzie y del Oxford Institute for Energy Studies, la fragmentación de rutas de exportación en el Golfo Pérsico acelera la necesidad de diversificación de infraestructura energética a nivel regional, al tiempo que fortalece la posición negociadora de países con corredores alternativos como Turquía, Grecia y Egipto. Asimismo, el uso de rutas no convencionales —incluyendo el peligroso tránsito por Ormuz con sistemas de rastreo desactivados y transferencias barco a barco— introduce variables de riesgo operacional y de cumplimiento regulatorio que las aseguradoras y los compradores institucionales de crudo deberán incorporar en sus modelos de evaluación. En un entorno donde la seguridad energética vuelve a ser una variable estratégica de primer orden, las empresas con exposición a cadenas de suministro de hidrocarburos deben revisar sus planes de contingencia con una urgencia que el ciclo anterior de estabilidad regional había postergado.