Riesgo país en alza pese a equilibrio fiscal: señales de fragilidad estructural

Alcanzar un superávit fiscal y reducir la inflación de 25% mensual a 2% no ha sido suficiente para convencer a los mercados. El riesgo país argentino escaló recientemente a 710 puntos básicos, su nivel más alto en un año, acumulando un incremento del 28% en apenas un mes. Este comportamiento, que varios analistas califican como aparentemente ilógico, concentró el debate en el 31° Simposio Internacional de Economía, donde economistas de primer nivel intentaron desentrañar la desconexión entre los fundamentos macroeconómicos y la percepción de riesgo que registra el indicador elaborado por JP Morgan.

Miguel Kiguel, exsubsecretario de Financiamiento, planteó la pregunta central del debate: ¿por qué un país con equilibrio fiscal y capacidad de pago sostiene un riesgo país de 700 puntos, mientras sus vecinos —Brasil, Uruguay y Chile— operan con indicadores significativamente más bajos? Su respuesta apunta a tres fragilidades estructurales que los mercados no ignoran aunque los datos fiscales mejoren. La primera es el historial de impagos soberanos, que genera una prima de desconfianza difícil de revertir en el corto plazo. La segunda es el nivel de reservas internacionales: aunque han mejorado, siguen siendo insuficientes para respaldar una deuda denominada mayoritariamente en moneda extranjera. La tercera es el riesgo político: con elecciones presidenciales en el horizonte de 2027, los mercados ya descuentan escenarios de posible cambio de rumbo en la política económica.

A estos factores se suma el agotamiento progresivo de los márgenes de endeudamiento con organismos multilaterales como el FMI y el Banco Mundial, así como la falta de aprovechamiento de ventanas de acceso a los mercados internacionales de deuda en momentos de mayor apetito por activos emergentes. Para los estrategas corporativos e inversores que monitorean la región, el caso argentino ilustra un principio que el análisis macroeconómico convencional suele subestimar: la credibilidad institucional y la memoria de mercado pesan tanto —o más— que los indicadores de corto plazo. Mientras esa brecha de confianza no se cierre con señales sostenidas en el tiempo, la prima de riesgo seguirá operando como un techo invisible al crecimiento y al financiamiento productivo.