Enfermedad de Aujeszky en porcinos: un riesgo sanitario que escala en la región central
Ciento cuatro establecimientos porcinos en Argentina concentran 503,246 animales con enfermedad de Aujeszky activa, según registros del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa). Esta cifra representa el 13.1% del total del inventario porcino nacional contabilizado, y su distribución geográfica no es aleatoria: las provincias de Córdoba, Buenos Aires y Santa Fe agrupan el 97% de los establecimientos infectados o en proceso de saneamiento, lo que convierte a la región pampeana en el epicentro de un desafío sanitario de escala industrial.
Córdoba concentra la mayor presión epidemiológica, con 232,931 cerdos en establecimientos de estatus sanitario comprometido, equivalente a aproximadamente el 21% del stock provincial registrado. La enfermedad, provocada por el herpesvirus porcino tipo 1 (Suid herpesvirus 1) y conocida también como pseudorrabia, genera pérdidas reproductivas y productivas diferenciadas según la etapa productiva: alta mortalidad con signos neurológicos en lechones recién nacidos, abortos y trastornos gestacionales en hembras reproductoras, y cuadros respiratorios en adultos. Aunque no se clasifica como zoonosis, representa un riesgo letal para especies como perros y bovinos, lo que amplía su impacto más allá del sistema porcino.
Uno de los factores que complejiza el control es la capacidad del virus para establecer infecciones latentes en animales aparentemente sanos, convirtiéndolos en reservorios silenciosos que sostienen la circulación viral dentro de los establecimientos. Frente a este escenario, el Plan Nacional de Control y Erradicación de la Enfermedad de Aujeszky del Senasa articula estrategias de vigilancia y saneamiento que incluyen protocolos de cuarentena para animales de reposición, sistemas de manejo "todo dentro, todo fuera", refuerzo de bioseguridad interna y control de contacto con fauna silvestre. Los avances en vacunología han permitido el desarrollo de vacunas marcadoras que, combinadas con pruebas diagnósticas diferenciales, posibilitan distinguir entre animales vacunados e infectados de forma natural, dotando a los programas de erradicación de una herramienta técnica de mayor precisión. Para los estrategas del sector agroalimentario, la situación subraya que la sanidad animal no es un costo operativo menor, sino una variable crítica de competitividad y acceso a mercados de exportación.



