Inserción laboral de los jóvenes en México enfrenta obstáculos estructurales que van más allá del desempleo cíclico. Solo el 14.2% de quienes tienen entre 18 y 25 años accede a empleos formales, mientras que el 36.6% permanece inactivo. El restante 50% se distribuye entre empleos irregulares (22.5%), precariedad laboral (16%) y desempleo prolongado (10.7%), configurando un panorama donde casi 7 de cada 10 jóvenes carece de estabilidad laboral.

La estratificación socioeconómica actúa como determinante crítico de las trayectorias laborales. En el estrato medio alto, el 38.9% de los jóvenes accede a empleos regulares; esta proporción cae a 19.7% en el estrato muy bajo. Inversamente, el desempleo reciente y la informalidad se multiplican: del 11.6% al 30.6% en empleos irregulares, y del 5.2% al 14.9% en desempleo de larga duración. Este gradiente refleja cómo la posición socioeconómica inicial condiciona oportunidades de acceso al mercado laboral formal.

Un fenómeno particularmente preocupante es la desvinculación simultánea de educación y empleo. El 20.7% de los jóvenes no estudia ni trabaja (fenómeno conocido como "NiNi"), alcanzando el 34.2% en estratos muy bajos versus 8.3% en estratos medio altos. Simultáneamente, solo el 13% logra combinar trabajo y educación, mientras que el 39.7% trabaja sin asistir a la escuela. Esta bifurcación sugiere que la presión económica inmediata desplaza la inversión en capital humano, particularmente en hogares de menores recursos.

La "herencia social" —concepto que captura cómo la calidad del empleo del jefe de hogar transmite ventajas o desventajas— explica parte significativa de estas disparidades. Cuando el principal sostén económico tiene empleo pleno, la probabilidad de que jóvenes no jefes de hogar se dediquen exclusivamente a estudiar es del 39.8%; esta cifra desciende a 17.6% cuando el jefe de hogar enfrenta subempleo o desempleo. Quienes ni estudian ni trabajan aumentan del 13.3% al 30.5% bajo estas mismas condiciones, evidenciando que incluso empleos protegidos no eliminan completamente las desventajas asociadas a posiciones socioeconómicas bajas.

La precariedad económica refuerza estas dinámicas. El 85.5% de jóvenes entre 18 y 39 años llega al día 20 del mes sin recursos disponibles, comparado con el 60.6% de quienes tienen entre 40 y 59 años. Esta brecha no solo refleja ingresos menores, sino también ciclos de consumo más acelerados y menor capacidad de acumulación, lo que limita inversiones en formación, emprendimiento o transiciones laborales estratégicas. La convergencia de inactividad, informalidad, desvinculación educativa y estrés financiero configura un escenario donde la movilidad social intergeneracional se ve comprometida, con implicaciones para productividad, consumo interno y cohesión social en el mediano plazo.