Impacto de una eventual depreciación del peso
- CARLOS BONILLA Licenciado en Periodismo y Comunicación Colectiva por la UNAM y Maestro en Relaciones Públicas por el CADEC. Preside el Consejo Consultivo de la Red Mundial de Comunicación Organizacional y es Vicepresidente de Operaciones y Administración de la Academia Mexicana de la Comunicación
Las guerras en Medio Oriente siguen incidiendo en el encarecimiento energético, comprometen suministros y rutas comerciales. El daño se extiende a países que no participan en el conflicto porque petróleo, refinados, seguros y fletes se negocian en mercados internacionales. Una ruta interrumpida obliga a buscar otra más larga; una refinería dañada puede encarecer el diésel, aunque todavía haya petróleo disponible. La Oficina de Presupuesto del Congreso estadounidense, CBO, identifica esas interrupciones como una fuente de presión inflacionaria que alcanza gradualmente a bienes y servicios no energéticos.
El traspaso a precios al consumidor es parcial y gradual, pues depende de contratos, coberturas, márgenes y condiciones de demanda. Una depreciación persistente, sumada al encarecimiento energético, aumenta el riesgo de un repunte inflacionario. Los transportistas pagan más por combustible, los productores por materiales y los comercios por reposición. Absorber esos costos reduce utilidades; trasladarlos reduce el poder de compra de los hogares.
Estados Unidos registró en agosto de 2026 una inflación anual de 3.4%; el componente energético aumentó 16.3%. El 16 de septiembre, la Reserva Federal elevó un cuarto de punto su tasa objetivo, a un intervalo de 3.75 a 4%, para acelerar el retorno de la inflación a su meta. La energía encarece la vida y la respuesta monetaria encarece las compras financiadas. Automóviles, vivienda, maquinaria y ampliaciones industriales reciben presión por ambos lados.
Una crisis originada en Estados Unidos puede aumentar la demanda inmediata de dólares, que incidiría en una depreciación del peso: empresas e inversionistas necesitan dólares para pagar obligaciones y cubrir riesgos.
El tipo de cambio puede reaccionar antes que la producción. Si disminuyen las entradas de capital, aumenta la demanda de dólares y el peso queda bajo presión. La investigación del BIS encuentra que las alzas de rendimientos estadounidenses son más perjudiciales para las economías emergentes cuando coinciden con apreciación del dólar, mayores primas de plazo y expectativas inflacionarias al alza.
En México, la depreciación encarecería las importaciones facturadas en esa moneda. El efecto alcanza a combustibles, alimentos, maquinaria y componentes, y después a productos nacionales que utilizan esos insumos.
Si coinciden energía cara y depreciación, los dos aumentos se acumulan. Como ejemplo puramente ilustrativo, un insumo cuyo precio en dólares sube 20%, comprado con un dólar que cuesta 10% más pesos, se encarece 32% en moneda nacional, antes de impuestos y otros costos. La caída de ventas llega acompañada de una mayor necesidad de dinero para reponer inventarios.
Banco de México enfrentaría una restricción adicional, ya que su objetivo prioritario es preservar la estabilidad de precios. Si aumentan la inflación y sus expectativas, tendría menos espacio para bajar tasas y podría necesitar mantener condiciones restrictivas. Reducir el costo del crédito mientras suben los rendimientos externos también puede disminuir el atractivo de los activos en pesos y añadir presión cambiaria.
La debilidad económica no garantizaría dinero barato. Una empresa vendería menos, pagaría más por sus insumos y seguiría financiándose a tasas elevadas. Ésta es una vía por la que una recesión externa puede convertirse en estancamiento con inflación dentro de México.
El beneficio cambiario para los exportadores depende de su ingreso neto en dólares. Quien importa gran parte de sus componentes o tiene deuda sin cobertura en esa moneda recibe menos alivio. Además, un precio exportador más competitivo no restablece de inmediato los pedidos de un comprador que está recortando producción. La depreciación tampoco sustituye la capacidad comercial necesaria para conquistar otros mercados.
Según los expertos, México puede sufrir una recesión originada fuera de sus fronteras. La energía cara reduce el poder de compra y eleva los costos de producción en Estados Unidos y Europa. La inflación dificulta bajar las tasas de interés. Los gobiernos destinan más recursos a defensa y guerra cuando sus bancos centrales buscan contener el gasto. Si esta combinación se prolonga, el debilitamiento del consumo y la inversión puede convertirse en una contracción que alcance directamente a la economía mexicana.
Esta predicción obedece a que México tiene una exposición especialmente difícil de corregir: una parte decisiva de su industria exportadora fue organizada para abastecer a Estados Unidos. Por ende, las plantas, los productos, las redes de proveedores y la logística responden a ese mercado. Europa y Asia no pueden reemplazarlo en el tiempo que tarda una empresa en reducir pedidos. Sin embargo, la diversificación requiere capacidades y relaciones comerciales que no se improvisan durante una crisis.
El país recibiría entonces dos golpes simultáneos: vendería menos y pagaría más por insumos indispensables. Si además se deprecia el peso, la factura de importaciones aumentaría y reavivaría la inflación. Banco de México tendría menos margen para abaratar el crédito justamente cuando las empresas necesitaran financiamiento para sobrevivir. El estancamiento podría convertirse en pérdida de producción, empleo y capacidad industrial.